Viajar en el tiempo

Colaboración de Miguel Mendoza Luna, escritor colombiano ( Panamericana)

 

Voy al momento cuando ante mí aparecen unas páginas impresas donde el torpe silencio de mi escritura y mi dificultad para entender cuál sombra debía descifrar, encontraron por fin una voz y un cuerpo propios.

Ese irreal momento en que reconozco una novela juvenil firmada por mí.

Sostengo el libro sentado frente a una ventana. Me aferro a sus páginas para que sea mío por unos segundos más.

Entonces lo veo. Lo veo a él sentado a mi lado.

Me demoro en reconocerlo, también lee mi libro. Lo cierra justo a la mitad. Se pone de pie y mira desde la ventana hacia algún distante lugar. Cree que nadie sabe qué piensa, cómo piensa, que nadie sabe que está triste.

Pero yo lo sé.

Soy yo, claro.

Yo hace mucho tiempo.

 

Lo saludo, pero no me escucha. En ese punto de la novela, en el cual él (yo) abandona la lectura, las heroínas de mi novela creen haberlo perdido todo; aún no saben, ni quieren saber, que pronto llegarán para ellas días soleados, días largos y perfectos…  Él (yo) tampoco lo sabe, no quiere saberlo. No tiene aún motivos para saberlo.

Le digo que espere, que persista, que no llore, bueno que sí llore pero que siga adelante, que siga leyendo.

Pero él no me escucha.

Le grito que el amor verdadero lo espera, que lo encontrará, que una chica creerá en él y vivirá a su lado un largo día soleado perfecto.

Pero él no me escucha…

Voy al momento cuando mi novela ha sido recuperada por un nuevo lector, el más maravilloso con el cual un escritor pueda soñar: uno que aún no diferencia entre la aventura y la vida; uno que va por el mundo como si fuera inmortal. Él me dice palabras conmovedoras acerca de lo que encontró en mi escritura; palabras infinitamente más sabias y brillantes, más honestas que cualquiera de las que yo haya logrado convocar en el papel.

Es su misterio el que se reveló en mi novela, es él quien la iluminó.  Él me agradece, pero soy yo el que debe estar agradecido y por supuesto se lo digo. Luego me quedo en silencio, fascinado con su heroicidad tan natural, tan verdadera, esa de estar vivo y no temerle a nada.

De repente, otra lectora me dice que su vida tomó otro rumbo gracias a mi libro. Por supuesto que lloro, por supuesto que pienso que el absurdo de todo esto (el de la escritura y el de la vida) tenía un sentido y yo era el equivocado. Escucho sus preguntas, sus indagaciones construidas con el material misterioso del universo: inquietantes y lúcidas, tan superiores a mis vagas respuestas.

Contemplo las poderosas sonrisas de esos dos lectores, sus gestos naturales donde todo puede ser intensa alegría o devastadora tristeza. Podría pensarse que son frágiles, pero en la manera en que miran al tiempo, en el desafío que le lanzan al destino, comprendo que a pesar de su corta edad poseen la sabiduría de un antiguo monarca y sabrán cómo salvar a su reino.

Por unos segundos me cubren con su destello y por fin sonrío…

Voy, regreso, al momento de escribir una nueva historia para que el chico triste por fin me escuche y entonces se aleje de la ventana y decida vivir para que yo sea posible, para que la chica que creerá en mí me encuentre y pueda vivir junto a ella el largo día soleado perfecto…

Voy, regreso, al momento en el cual escribo para esos dos lectores a la espera de que una vez más hagan de mi historia una parte de sus vidas, y así me rescaten y me permitan volver a empezar.

 

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